Noviembre 18: la tan temida recaída.

No he escrito mucho, a pesar de querer hacerlo. No es que no me haya dado el tiempo, ya terminé la práctica y me fue excelente, sino que un fantasma me vino a tirar los pies y casi me caigo de la cama: estoy con depresión. No, no es la típica depresión chilensis que es andar desmotivado y de mal ánimo un par de días, esto es tan serio que me derivaron del consultorio al psiquiatra en menos de una hora al ver los resultados desastrosos de mis test de diagnóstico y mi poca habilidad de decir algo sin llorar a mares primero. Si lo defino de una manera más o menos coherente, desperté un tranquilo día sábado viéndolo todo completamente negro azulado y con una sola idea en la cabeza: morirme por mano propia o tirándome a un tren. Yo tengo un nivel de resistencia que mi psiquiatra de Chile definió como “inhumano”, pero no he estado ajena a este tipo de costalazos anímicos y recuerdo uno – cuando tenía 16 – que me dejó tirada en cama y con alucinaciones durante dos semanas, así que sé más o menos dónde está mi límite y sentí ese sábado que ya lo había sobrepasado hace como 100 kilómetros.

Hice lo que no hago nunca: hablé. Dije lo que pensaba, el impulso de autoeliminación que se estaba gestando en alguna parte de la cabeza y lo que sentía y mi pareja me dijo que fuera al doctor el siguiente lunes, cosa que hice con los resultados que mencioné en el párrafo anterior. Primero pensaron en internarme unos días para que pudiera descansar, pero luego me vieron bien y consideraron que estoy lo suficientemente “armada” para poder hacerme cargo de mis propios huesos sin tener que noquearme a base de benzodiacepinas, pero me dieron un plan de contingencia que incluye un psiquiatra personal que se está haciendo cargo de mi caso, un psicólogo que me hará terapia y unas cuantas cajas de cosas para tomar. Yo en Chile consumía Trileptal, que es un antiepiléptico que también mejora tu ánimo y te ayuda con la ansiedad, pero acá cambiaron el tratamiento al ver que no estoy ansiosa, sino que lo mío es una depresión severa que se viene arrastrando desde que el mundo es mundo (o quizá desde antes) y que debe tratarse con medicamentos más acordes (Setralina, en mi caso). Ya llevo 12 días tomándola y, realmente, no siento la gran cosa (es lo esperable, la Setralina demora un tiempo en hacer efecto). Tuve unos efectos secundarios muy raros los primeros tres días (bostezaba como loca, me dio un hambre voraz y nada sabía decente, jajaja!), pero después todo se normalizó y ahora estoy a la espera de mi estabilización. No sé lo que vaya a pasar en terapia, sólo espero que me toque un psicólogo mejor que el que me tocó en Chile la última vez (un tipo adicto a todo que me trató de “pajera”- entre complicada y aburrida) y así no malgastar el tiempo 🙂

Eso es todo por hoy! Procuraré escribir un poco más y explicar el asunto con más detalle cuando esté más libre (es hora de cocinar por acá, jaja!). Espero que todos estén bien, no planeen salidas estrepitosas del mapa y cuiden su salud mental!

Hasta la próxima!

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