Marzo 16: mi lugar.

Hoy me puse a pensar acerca de lo que quiero en la vida. Luego de andar suicida y haber superado lo peor, llegas a una especie de vacío existencial en el cual te concentras más que nada en sobrevivir y tomarte las píldoras a tiempo. Sigo un poco inestable a ratos, a veces me dan ganas de mandar todo a la mierda y partir a otro lado donde sí me entiendan, pero luego pienso que soy yo la que tiene que cambiar en vez de pedirle a los otros que cambien, porque es imposible que lo hagan si no es porque ellos mismos así lo desean. Estoy en ese momento donde ya el vacío existencial está fusionado contigo y te quedas lleno de dudas e incertidumbre, nervioso, apenado, asustado… no sabes qué es verdad dentro de ti y qué es un constructo de la sociedad, quieres alejarte de ella para hallarte a ti mismo y temes ver qué es lo que hay dentro de ti. Buscas la luz, pero sabes que debes meterte de cuajo a una cueva llena de murciélagos para encontrarla al otro lado, porque donde estás no hay un solo ápice de ella. Cruzar te da miedo, pero sabes que quedarte puede ser mucho peor.

En ese momento de penumbra fue que pensé en algo que me gustaría tener: una cabaña. Nada especial, un lugar donde estar y poder desenvolverme a mis anchas, algo mío que nadie pueda quitarme, algo donde poder poner mi estampa, un lugar donde poder ser yo. Nunca he tenido grandes ambiciones ni deseos de grandeza (a pesar de ser capaz de llegar muy lejos, según algunos), sólo quiero lo que no tengo: tranquilidad y quietud. Estoy inmersa en un lugar donde reinan las luces de colores extraños y parpadeantes y me encuentro muy mareada, tanto que necesito afirmarme de algo para poder parar el meneo y ese algo es la idea del pequeño hogar donde poder ser yo. No sé si será algo simbólico dentro de mi cabeza o si alguna vez llegaré a tenerla en realidad, pero necesito mi guarida, mi lugar, mi sitio… algo donde poder descansar y rearmarme luego de tanta revolución.

No es fácil salir del punto donde me vi en noviembre pasado. Luego de esa baja máxima, no te queda más que un cansancio casi mortal y un hastío que te cala los huesos. No sabes qué hacer, no sabes a quién acudir (la gente suele desaparecer cuando la crisis te llama la puerta) y sólo te resta hacerte fuerte a una velocidad tan vertiginosa que se torna en un agotamiento extremo. Aún sigo agotada, no puedes reponerte en un par de meses de tanto ajetreo y sensación febriles, sino que tu propio cuerpo – lo que queda de él – te manda a descansar y no puedes decir que no aunque lo desees. Estoy como en invierno, mi corazón está en invierno, no hay mucha vida por ningún lado visible pero hay algo latente que espera a renacer cuando el momento sea el correcto. No hay ánimo de gran cosa, pero sé que es transitorio y que alguna vez estaré con más energía para poder llevar a cabo los nuevos sueños que asomen por ahí. Por mientras, necesito esperar y descansar, cruzar la cueva para llegar a la luz y ver si mis miedos eran fundados o no, si esa distorsión andante que creo ser es real o sólo parte de mi imaginación desbocada y si el vacío existencial que ahora me oprime el pecho va a ir amainando conforme pasen los segundos…

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